23 abril 2006

La fila de los mancos

Esta claro que uno va al cine a ver peliculas. A que le llenen la cabeza de pájaros en gran formato y a envolverse de un atronador dolby sorround. Algunos van incluso a ponerse morados, tanto da que sea de las palomitas que compró en el puesto de la entrada o de la palomita a la que invitó al cine como pretexto para estar con ella a solas y a oscuras.

Hoy, tenemos gigantescos multicines con perfectos equipos de sonido que te tirotean por la espalda, vacas que mugen a tu lado y helicópteros que sobrevuelan la platea. En la cultura de lo esencial ya no son necesarias la enormes cortinas que antes regían las pequeñas salas de barrio donde había que pensarse muy mucho los estrenos que se compraban, porque eran el pan de sus hijos. Hoy se estrenan de diez en diez. Los multicines son enormes jukebox de peliculas clonadas en las que prima el cuanto mas grande, mejor. Total, no pagamos una supervalorada entrada, inflada atrozmente desde la llegada del euro, para ver un catalogo de Gastón y Daniela, no. Vamos para ver publireportages de personas y empresas que pagan barbaridades para protagonizar algún bodrio, sea en forma de actuación o de marca de bebida.
En los ultimos meses, con la carencia voluntaria de vehiculo propio, he pisado mas cines de barrio de lo que hubiera pensado. (Claro está, esta cultura del minimalismo mal entendido acepta que se anule lo superfluo siempre que eso no perjudique a las grandes multinacionales. Y para mi, lo superfluo y fuente de muchos dolores de cabeza, es un coche). Cines grandes y pequeños. Cines de una sola sala en mitad de la civilización. Antiguos, desfasados, donde la taquillera sonrie y el acomodador es un señor amable y entrado en años con la paciencia del santo Job. Donde esperas al momento en que se apaguen las luces mientras contemplas las enormes lamparas que decoran la sala o los antiguos palcos que ya nadie usa.
Volví a ser niña, aunque los que me conocen saben que para eso no hace falta mucho, mientras contemplaba la solemne apertura del telón; cuando oía crujir la madera bajo mis pies, del suelo viejo de la platea. Cines de pueblo costero, ahora conocido por su mal organizado festival de cine fantastico, en los que uno se escondía entre las butacas para ver la siguiente pelicula en la sesión contínua. Donde ibamos de pequeños a ver peliculas hechas con mas ilusión y talento que presupuesto. Cines con solera, por donde pasean los fantasmas expulsados del Roxi de los que nos hablaba Serrat. Donde puedes comentar las maravillas de la tecnología con Bette Davis y puedes ver contando el aforo a la Rosa purpura del cairo entre las aspas del helicoptero que atraviesa un edificio de cristal. Donde todavía se respeta el silencio y la gente calla. Donde uno se preocupa por la visibilidad de sus congéneres. Donde se comparte de modo silencioso y tácito un poquito de ilusión.

Cambiando de tema, el señor Alan Moore ha vuelto a hacer gala tanto de su imaginación como de su soverbia. Creo que más de lo segundo que de lo primero, ya que su última pelicula en cartelera, dando por hecho que personalmente me gustó sin haberle echado un ojo al comic (perdón, novela gráfica), no deja de ser una bonita, ilustrada y bien documentada alegoría de la actual politica internacional.
Hacía tiempo que no me enrollaba tanto...

2 comentarios:

Sir Neb dijo...

Otra de las cosas que tienen los grandes multicines son las "cómodas butacas"... quizás sea esa la razón por la cual algunas personas en lugar de susurrar, vociferan al comentar algo (creyendo que estan en el sillón de su casa) :)

AnnaRaven dijo...

Sí, la película tiene mucho del sistema actual y está clavada de la imaginería de Dave Lloyd. Pero es muy muy pobre como adaptación del cómic (perdón, novela gráfica).
La soberbia de Allan Moore no tiene medida, pero a veces, hay que reconocer que tiene razón. Sobre todo si en sus cómics demuestra de un modo tan vehemente lo importante que es defender lo que él considera como "creación" o que estamos hablando de un ex-currela inglés que dejó su trabajo de mierda para hacer cómics porque era consciente de que "en el cómic todavía había espacio para hacer obras de arte que perdurasen como una de las siete maravillas, y él iba a ser el que las hiciese". Y lo hizo, Watchmen y V de Vendeta son maravillosos y su análisis da para largas tardes de café, de estudio y además da miedo.