21 junio 2006

GATOS PARDOS

6 puesahoraquelodices

En ocasiones la gente no comprende los motivos que le llevan a uno a preferir trabajar de noche. Existen muchos. Desde la tranquilidad que profiere el hecho de no tener que soportar a un jefe histérico, (o dos)poder cobrar un poquíto más, e incluso estoy segura de que yo veo el sol mucho más que mis compañeros, esos que consideran mi turno una aberración.
De ese mismo modo, hay personas que no son capaces de considerar otro horario que no pase por el ocaso y el amanecer, en ese orden. Siempre somos los mismos, nos volvemos huraños con el mundo supermegachachi que nos rodea, siempre trabajamos con la misma gente, vemos a las mismas personas. Incluso llega un momento en el que una mirada es suficiente para saber lo que está pensando tu compañero de turno, con el que compartes aventuras en lugar de verlo como un rival en tu campo. Las personas con las que compartes mas de la mitad de tu tiempo, las que tienen que soportar tus ataques de histéria y con los que puedes terminar una jornada a carcajadas tras el estrés de una noche surealista.

La parte negativa es que lo que pasa por delante de tus narices suele ser el lado mas infame de cualquier cosa.
Hace tiempo, no mucho, empecé mi turno con una consigna extraña: había un señor alojado un tanto especial. Lo trajo la policía porque el señor andaba un poco perdido por la ciudad. Decidieron entre todos que se quedase a dormir en el hotel, porque no era facil hablar con él. Y no eran capaces de conseguir algun dato que les llevara a dar con algún familiar del susodicho. A pesar de no acabar de entender la política de semejante hecho, lo aceptamos como bueno, sin haber entendido demasiado los motivos que podian haber llevado a la policía a traer a un señor a un hotel. Un señor que está en la calle y que no habla.

Sobre las cinco de la mañana, una habitación llama a recepción diciendonos que hay un señor dando tumbos por el pasillo. Precisamente coincidía con la planta en la que dormía el señor extraño. El señor de seguridad con el que suelo compartir horario y algunas risas subió para ver qué estaba haciendo. Pocos minutos mas tarde me llama:
- El señor se quiere ir. Dice que su tren sale por la mañana. Pero este señor esta mal.
- Bueno, pero no le podemos retener contra su voluntad.
- Es muy viejito... Bueno, yo le voy a ayudar a bajar a recepción.

Minutos después aparece mi compañero con un señor al brazo. Era un señor muy mayor. Debería tener no menos de ochenta años. Sujetaba un bastón casi tan viejo como él y muy usado. No llevaba maletas y sí mucho dinero en efectivo. Ni una triste bolsa. Caminaba con muchísima dificultad y siempre apoyado en su bastón y en una segunda persona. Daba pasos tan cortos que no superaban el largo de su pie. Apenas hablaba y las pocas palabras que conseguimos oirle las dijo en italiano. Los tres que componemos el staff nocturno nos miramos, dejamos al señor sentado en uno de los sofás del lobby y nos metimos en un cuarto contiguo.
Tras una charla breve. Más basada en lo que nos decía nuesto corazón que en lo que realmente ninguno de nuestros compañeros pudo pensar en el momento de recibir un huesped tan especial. A la conclusión que llegamos era que aquel viejecito no había perdido el tren. Para perder algo como un tren primero tienes que haber cogido otro. Y ese señor no había podido llegar solo a más de tres mil kilometros de su casa. La palabra "abandono" revoloteó sobre nuestras cabezas hasta que uno de los tres la hizo suya. Y el resto calló, y otorgó.
Una hora mas tarde mi compañero se ofreció a ayudarle a llegar a la estación de trenes donde le dejaría de nuevo al cargo de la policía de la estación. Los tres nos miramos sin decir nada. Realmente no podíamos. Intentabamos mantener la compostura que nos exige el trabajo de cara al público, pero nuestros ojos brillaban demasiado, y se enrojecían. Le vimos alejarse lentamente sujeto del brazo del guardia de seguridad hasta salir por la puerta. Mi compañera y yo seguiamos en silencio hasta que ella gritó nerviosamente "no es justo" y desapareció entre bambalinas. Yo tampoco tardé mucho en hacer un mutis para secarme los ojos, respirar hondo, y prometerme a mi misma escribir este relato para que nadie olvide. Por lo menos yo no lo haré.

12 junio 2006

¿Recomendaciones?

4 puesahoraquelodices
¿Un libro?, mas bien recomendaría un autor. Por lo que dice, por cómo lo dice, por lo que deja entrever, y por lo que calla. Porque es el maestro indiscutible (por lo menos para la que suscribe) en el uso de una lengua como la nuestra. Porque se atrevió con todo... y lo bordó.
Don Francisco de Quevedo.


¿Una pelicula?, seamos originales. No es ninguna obra de arte cinematográfica pero eso no impide que cumpla su función: entretener. Evidentemente, como toda obra bizarra, acaba teniendo sus adeptos, siendo convertida en pelicula de culto y sobreviviendo a la feroz industria nada menos que 30 años. Lo mejor: Tim Curry travestido está que se sale, y que nadie se pierda a una jovencísima Susan Sarandon haciendo de niña virginal. ¡Enorme!
The rocky horror picture show.


¿Un CD? Y dos, y tres... ¿Solo uno? Me lo compré sin ni siquiera haber oído una canción. En la primera pista descubrí de nuevo sus curiosos covers a los que soy adicta. (Soy adicta a casi cualquier tipo de covers). Lo mejor: Sirve de banda sonora diária, para relajarse, para escucharla, incluso para no escucharla. La mayor suerte es que, al contrario de lo que le ocurrió a su anterior CD, o al Play de Moby, éste no ha sido vapuleado, sodomizado, y prostituído en televisiones varias, ni se han usado versiones en anuncios. Que lo único que consiguen es que cada vez que oyes un tema precioso, solo te pueda evocar la sopa de fideos.
The screen behind the mirror- Enigma.


¿Un comic? Tras la adicción infantil a Mafalda, y una adolescencia pegada a las tiras de Garfield, ese que dice que vive conmigo me descubrió a un niño y a su tigre. La expresividad de sus tiras, ese niño histriónico y su peluche-amigo-niñera me han echo reir hasta la apnea. ¿Lo mejor?: que mientras el padre de la criatura siga teniendo sus conviciones anti-merchandising, no habrá Carlos Latre en el mundo capaz de cargarse la magia en un golpe de micro, ni director sin escrúpulos capaz de hacerle al niño una terapia de barbitúricos.
Calvin and Hobbes - Bill Waterson.

¡Que os cunda!