16 enero 2007

La buena educación


Cuando alguien me hace un favor me suelo sentir eternamente en deuda con esa persona. Quizás sea la falta de costumbre la que me hace ver ese hecho como algo aislado, filantrópico y digno de mención. O quizás sea que no me da miedo asumir que, como todos, soy un ser gregario que necesita de los demás.

No me refiero a esas cosas que hacemos bajo una especie de imperativo moral. Tampoco las que llevamos a cabo influidos por el chantaje emocional o el qué dirán si no lo hago. Ni siquiera hablo de normas sociales, ni de aquellas cosas que hacemos pensando que serán retribuidas en el futuro vía otro favor (léase, sumisión de por vida por un puñado de sal) o la entrada en algún paraíso que se inventara la iglesia. (la que sea)

Me refiero a actos generosos genuinos. Esos que no necesitan otra explicación aparente que el hecho de ayudar a otra persona porque lo necesita y está en tu mano el llevarlo a cabo. A esos que sonroja un simple "gracias", porque no se lo espera. Porque no lo hizo con el fin de ser reconocido.

Por desgracia cada vez quedan menos. En unos casos, porque tenemos demasiadas ambiciones puestas en lo poquito que hacemos por los demás. Y lo poquito que hacemos por los demás lo hacemos porque también sacamos algún beneficio por ello. En otros casos porque no queremos sentirnos los tontos del barrio. Nos fijamos en que los demás no lo hacen y ¿quienes somos nosotros para marcar la diferencia? ¿Por qué le voy a ceder el asiento a nadie si hay gente mas joven sentada y no se levanta? ¿cual es la diferencia entre un borracho y un infartado tirado en una vía pública?

Quizás por ello es una alegría cada vez que en el "silencio" de las grandes ciudades alguien te dedica una sonrisa cuando, por las prisas, tropiezas con él. Cuando alguien a quien ni le va ni le viene te echa una mano. Cuando descubres que la persona con cara de palo que entra cada día en el mismo autobús que tú tiene sentido del humor y no te monta un espectáculo tras haberse tragado tu bolso con asa y todo.

Ayer me hicieron un favor enorme, genuino, desinteresado. Un favor que tenía que ver con mi salud y que pude haber pagado muy caro, en todos los sentidos. No estaría bien por mi parte jurarse la a aquellos que provocaron mi mal. Primero por esas convicciones que todos tenemos; segundo porque el rencor me supone una perdida de tiempo y de esfuerzo que necesito para cosas más productivas. Me gustaría dedicarle este post a una persona que nunca lo leerá, pero a la que respetaré por mucho tiempo.

2 comentarios:

kuching dijo...

Espero que te encuentres bien. No entiendo bien que clase de favor se puede hacer con la salud de alguien pero me parece normal y lógico advertir a la gente si están poniendo de algún modo su vida en juego y no lo saben.

AnnaRaven dijo...

Hey, ta muy chulo el cambio. :D
Gracias por el banner-link :D