27 noviembre 2007

El Ratón

4 puesahoraquelodices
Agarró el tenedor con el que estaba comiendo en ese momento y dio un golpe contundente sobre la mesa.
-¡Por allí, lo acabo de ver!

Y salió disparado tras un ratón que, según él, se había pasado toda la semana riéndose a su costa. Mi abuelo era un ser impetuoso. Tanto como para empezar a dar golpes en la pared con un tenedor a fin de asustar al pequeño roedor lo suficiente para que saliese ondeando un retalillo blanco entre sus dientes diminutos.
Evidentemente eso no sucedió, y mientras él seguía aporreando la pared yo buscaba algún orificio por el que pudiese haber salido o entrado un hipotético ratón.
- Abuelo, no puede ser.
-Ese bandido me despierta por las noches, se pasea por el desván y oigo sus pasos como si fuera una estampida de búfalos. Se come el alpiste de mis pájaros. ¡Y luego querrá comerse mi queso!, ¡Y mis calcetines!

Las pocas ocasiones en las que conseguía reducir su furia senil con alguna historia que lo distrajese, veía cómo su mirada se dirigía lentamente hacia las paredes y seguía un trazado perfecto. Un recorrido posible de un ratón hipotético. Dos días más tarde, en mi siguiente visita, el recorrido de su mirada se encontraba tallado en la pared. Mi abuelo sujetaba con fuerza en sus manos un martillo y una escarpa con los que había dejado al aire toda la instalación eléctrica de la habitación.
-Ahora no escapará- sentenció mientras contemplaba su obra y recuperaba el resuello.
Una semana después, una ambulancia se lo llevaba por haber inhalado demasiado veneno para roedores. Pero eso no le detuvo. Al volver a casa, unos días más tarde, le vi aparecer con una jaula gigantesca en la cual -todavía no se cómo pudo hacerlo- había encerrado a todos los gatos callejeros del barrio. Se había agenciado un guante de malla y andaba lanzando mininos asustados hacia el interior de su casa. Mi abuelo se curvaba con una risa maliciosa cada vez que cerraba la puerta tras lanzar a un pobre gato al recibidor. Aquello superó cualquier cosa que hubiera imaginado. Me lancé sobre su brazo y le aparté de la puerta.
-¿Se puede saber qué demonios estas haciendo? ¡Te has vuelto loco!
Abrí las puertas de la casa de par en par y ahuyenté a todos los gatos que encontré. Saltaban por encima de los sofás hasta dar con la puerta hacia su libertad, truncada por un breve periodo por un chiflado enjuto y de pelo blanco.

A partir de entonces el asedio fue implacable: Inundó las paredes de agua hasta que la pintura y el yeso saltaron como escamas de pez. Llenó el suelo de trampas para ratones. Cuando se cansó de pisar trampas, rociaba escamas de queso por el suelo y se sentaba en un rincón armado con un escurridor de verduras, respirando sin hacer ruido, esperando la salida del pequeño roedor. Dejó de comer y se despertaba de madrugada para atacar las paredes. Las insultaba y golpeaba. Gritaba que algún día se las haría pagar todas juntas. Dos semanas más tarde, mis padres decidieron internarle en el ala psiquiátrica del hospital de las Hermanas de la Caridad.

Sus nervios se controlaron. Poco a poco su fijación dejó paso a un buen humor y a una distensión de ánimo que yo no había visto en años. En una de mis visitas, me confesó algo que no esperaba oír.

- Hemos hecho una tregua. -Anunció- Un pequeño pacto entre caballeros. Algo así cono quedar en tablas.

-¿En tablas? ¿Un pact... ¿De que me estás hablando, Abuelo?

- ¡El Ratón! -Increpó en voz baja- Hemos sellado un pacto de no agresión. ¿Ves? Yo le doy queso y le dejo vivir a su aire y él respeta mi sueño por las noches.

Dicho esto sacó un pequeño trozo de queso del bolsillo de su bata y apoyó sus manos a modo de cuenco sobre el regazo con la diminuta bola en ellas. Antes de que pudiese darme cuenta, un hociquillo asomaba por el horizonte de sus piernas postradas sobre la cama, persiguiendo el aroma del botín que se le ofrecía. Subió sobre las manos de mi abuelo, que lo alzó a la altura de sus ojos y lo giró hacia donde yo me encontraba.

- Este es mi nieto Carlos. ¡Anda, salúdale!

04 noviembre 2007

Cell

4 puesahoraquelodices

En ocasiones, los motivos que me llevan a leer una u otra cosa son tan variopintos que es preferible pasar por excéntrico antes de demostrar la total incoherencia de mis actos. Dicho esto, voy a probar con un género de escritura nuevo y absolutamente ajeno a lo que haya intentado antes: la reseña.
Obviaremos detalles por todos conocidos, o en caso contrario, datos que cualquiera pueda conocer leyendo la contraportada en su librería habitual. Vamos a lo que nos pide el cuerpo.

Hay muchas cosas que no me gustan de Stephen King: entre ellas un lenguaje en exceso coloquial que me ha dado que pensar acerca de su dilatada obra. Aunque es cierto que una de las reglas no escritas de los best sellers es el poseer un lenguaje sencillo -supongo que dado el volumen de páginas que suelen tener- otra cosa es la ausencia absoluta de control sobre el lenguaje coloquial incluso en boca del propio narrador.
Dejando eso de un lado, tema que uno olvida cerca de la pagina 200, la imaginación retorcida y atroz del autor sigue siendo brillante, incluso con un tema tan trillado, y a la vez tan de moda como el terror zombie.
Es una novela cruel, con la que reflexionar sobre nosotros mismos, sobre nuestras convicciones, sobre la manipulación nuestra de cada día. Habla del egoísmo, de la insolidaridad, de la amargura, de un futuro incierto y de un mundo sin esperanza.