07 enero 2008

El SAS, profesionales y demás aves de corral.


A pesar de que no me gusta hablar abiertamente de mi vida privada, y queriendo actualizar a la voz de ya este blog no me queda mas remedio, os voy a contar una historia espeluznante sobre lo que significa ser un profesional.

Hace dos meses me desplacé a Sevilla, provincia donde mi madre ha decidido vivir, (no hay mas preguntas al respecto) para acompañarla en una intervención rutinaria.
Recordemos que las intervenciones rutinarias para la medicina alópata van por modas. Hubo la moda de extirpar amígdalas como si no hubiese un mañana. Luego hubo la moda de extirpar apéndices, y tenemos una generación entera sin apéndices. Ahora dependiendo de la edad la moda es el ibuprofeno para todo, el sintrom para la tercera edad, las estatinas para el colesterol y las histerectomías preventivas. ¿Que no? Mirad a vuestro alrededor y decidme que no conocéis a una sola persona que no sufra algo de esto.

A lo que íbamos, intervención quirúrgica rutinaria.
En puertas de quirófano, con su suero puesto, sus nervios y su camisón, nos dicen que se vaya a casa porque están muy liados con la primera operación y no les da tiempo. Pero no la aplazan al día siguiente como sería lo normal, la aplazan a la semana siguiente. Divertido ¿eh?

Por fin conseguimos que la operen (la semana siguiente, claro, jodidos y agradecidos) Con la santa dicha de que le querían dar el alta con unos dolores que no se calmaban con ningún analgésico conocido, casi amonestándonos por encontrarse mal, ya que por lo visto, íbamos a romper el récord del Servicio Andaluz de Salud en sanear las listas de espera. Ya sabemos su truco: enviar a la gente a casa tras una operación, independientemente de lo grave que esté.

A todo esto, cabe aclarar lo extremadamente estúpidos, engreídos y prepotentes que fueron la mayoría de los médicos, excluyendo al jefe de la especialidad que era el único con dos dedos de frente en toda esta historia, y el que se comió el problema a cucharadas. Parece ser que todavía quedan lugares en los que piensan que estudiar medicina los convierte en seres por encima del bien y del mal.

Tras un mes de dolores y de que nadie le hiciera ni el más mínimo caso, achacando, desde el hospital, los dolores a algún misterioso gas introducido durante la operación, nos embarcamos en un avión rumbo a Barcelona, donde médicos sin ínfulas de dioses le atienden de verdad y donde descubren que, fruto de la anterior operación hay un daño en el organismo que solo se repara volviendo a intervenir. Un mes de hospitalización, más tubos que un árbol de navidad y siete horas de quirófano después, mi madre vive para contarlo.
Desgraciadamente, mi padre no tuvo tanta suerte hace catorce años.

Errar es humano, pero cuando los errores pueden costarle la vida a alguien, me parece terrible tener que aguantar la soberbia de la titulitis a personas que también se equivocan. Pero claro, vivimos en un mundo en el que cuando a alguien le preguntas "a que te dedicas" sólo sabe decirte en qué trabaja.

Lamentable, realmente lamentable.

2 comentarios:

Tytyvillus dijo...

Ummmmmmmm, esto me suena un poco. No con tanta gravedad of course, pero me suena.

Raule dijo...

En cada profesión hay de todo, pero en algunas de ellas debería haber un control más férreo en la adjudicación de títulos y evitar, al menos en parte, que inútiles indeseables le jodan a uno la vida.
En el caso de tu madre ha n reparado el desaguisado, pero cuántos miles de personas ya no pueden contarlo.
Ánimo, Rakel, y llega hasta donde tengas que llegar.